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El 12 de diciembre de 1968, el mítico estadio Kuramae Kokugikan de Tokio se convirtió en el escenario de una de las mayores obras de arte de la historia del boxeo.
Esta es la crónica de una noche donde un hombre noqueó a su rival sin necesidad de demolerlo a golpes, sino destruyendo su espíritu.
El Contexto: El Toro contra el Torero
Takeshi Fuji era un campeón de una fuerza temible, un noqueador devastador que peleaba ante su público y que pretendía pasar por encima del retador argentino con su agresividad.
El Combate: Pegarle al viento
Desde el sonido de la campana inicial, la dinámica de la pelea quedó sellada.
Locche no usaba las piernas para correr por el ring; se plantaba a centímetros de Fuji.
Los primeros asaltos: Fuji lanzaba golpes que solo impactaban el aire. En el boxeo, no hay nada que agote más físicamente —y que destruya más psicológicamente— que errar un golpe con toda la fuerza del cuerpo. Fuji caía en el vacío, llegando incluso a perder el equilibrio por la fuerza de sus propios lances fallidos.
El martirio del Jab: Mientras Fuji se desgastaba, Nicolino comenzó su ofensiva de manera quirúrgica.
Con una izquierda relampagueante que funcionaba como un estilete, empezó a castigar el rostro del campeón. No eran golpes de nocaut, pero la precisión milimétrica del jab y los ganchos cortos al cuerpo empezaron a hacer mella. Para el quinto asalto, los ojos de Fuji ya daban muestras de una inflamación severa.
El Quiebre Psicológico
Hacia la mitad de la pelea, el Kuramae Kokugikan, que había comenzado con un rugido ensordecedor apoyando a su campeón, cayó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los murmullos de asombro. Lo que estaban presenciando no era una pelea, era un monólogo.
Locche, completamente relajado, empezó a desplegar su característico show. Apoyaba la espalda en las cuerdas, bajaba los brazos por completo, ofrecía la mandíbula y, con un juego de vista inverosímil, esquivaba ráfagas enteras de golpes de Fuji.
"Le bajaba los brazos, lo miraba de reojo como diciendo: '¿Esto es todo lo que tienes?'. La destrucción ya no era física; Locche le había quebrado el alma".
El Noveno Round y la Capitulación
Para el noveno asalto, la superioridad de "El Intocable" era absoluta. Fuji ya no veía los golpes;
Al sonar la campana que daba fin al noveno round, Fuji llegó a su esquina destruido.
Cinco segundos después de iniciar el décimo round, el árbitro Nick Pope decretó el nocaut por abandono (RTD).
Nicolino Locche se coronaba campeón del mundo de la manera más pura en la que se puede concebir este deporte: el arte de pegar y no dejarse pegar.
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