BOXEO TOTAL: Monzón era un animal sobre el ring, Nicolino un artista

martes, 27 de junio de 2017

Monzón era un animal sobre el ring, Nicolino un artista




Aunque eran simétricamente diferentes sobre el ring, tenían muchos puntos en común y se apreciaban personalmente.
Cada vez que se mencionan símbolos de gloria deportiva, Carlos Monzón y Nicolino Locche surgen tan naturalmente como si se tratara de un reflejo condicionado. Ellos fueron los paradigmas de diez años irrepetibles para el boxeo de nuestro país y abarcando sucesivamente del ’66 al ’76.
Eran épocas de alternancia con Guillermo Vilas – el más grande de los tenistas argentinos- y Carlos Reutemann -uno de los más notables pilotos de la Fórmula 1-. El fútbol encendía pasiones y cada día surgía un nuevo crack, pero recién en el ’78 habría de producirse el primer título mundial y la identificación con nuestros seleccionados nacionales.
El boxeo formaba parte de la pasión de los argentinos. Estaba en la agenda de las esquinas, las aulas, los bares, las fábricas y las oficinas. También en la portada de los diarios, las revistas y las extraordinarias transmisiones radiales. El boxeo resultaba por entonces el más federal de los deportes profesionales. Desde las distintas provincias provenían jóvenes peleadores con un enorme respaldo de combates ganados y el Luna Park les abría las puertas para su consagración definitiva.
La lista es extensa. Viene desde Luis Ángel Firpo (Junín), hasta los campeones de hoy como Narváez. Y esa línea pasa por figuras inolvidables como los rosarinos Oscar Pita, Amelio Piceda o Alfredo Bunetta, los cordobeses Jaime Giné, Santos Laciar o Gustavo Ballas, los pampeanos Miguel Ángel Campanino o Miguel Ángel Castellini y tantos otros que se mezclaban con los porteños como Justo Suárez, Eduardo Lausse, Ringo Bonavena, José María Gatica, Horacio Accavallo… Resulta imposible mencionar a todos sin el adjetivo que merecen.
Nicolino vino desde Mendoza y Monzón de Santa Fe. Y aunque eran simétricamente diferentes sobre el ring, tenían muchos puntos en común y se apreciaban personalmente. Para ambos era determinante la figura del maestro: Francisco Bermúdez con Locche y Amílcar Brusa con Monzón. No solo les enseñaban a boxear, también participaban de la vida privada. Y ellos lo aceptaban como no lo hubieran permitido con ninguna otra persona. Es que desde muy jóvenes, los gimnasios de Bermúdez –Mocoroa Boxing Club- y de Amilcar – Club Unión de Santa Fé – funcionaban también como ámbitos paternales .
La madre de Locche, doña Nicolina, permitió que su hijo vaya al gimnasio a los 8 años para aprender a boxear, siempre y cuando terminara la escuela primaria. Era una familia de inmigrantes italianos donde jamás faltaron la comida ni el respeto, propio de los hogares patriarcales. Nunca trabajó y su vida fue como la de cualquier joven de clase proletaria, sin lujos ni necesidades.
Carlos Monzón se presentó en el gimnasio de Unión de Santa Fé a los 16 años, después de haber abandonado la Primaria en 3° grado, cuando sus padres y cuatro hermanos debieron emigrar desde San Javier y recalar en Santa Fe, derrotados por las inundaciones. Sus ancestros pertenecieron a la tribu de los Mocovíes, habitantes de Formosa, Chaco y Santa Fe, expulsados por los colonizadores. Antes de ser boxeador, Carlos fue cartonero, sodero, lustrabotas y canillita, sin dejar de realizar frecuentes “travesuras” que le hicieron padecer algunas comisarías con sus crueldades. Era un chico de la calle a quien el pugilismo le ofreció una oportunidad.
El boxeo para Nicolino era un disfrute, para Monzón un hecho dramático. Por eso Locche veía a sus adversarios como “respetables partenaires” de su show y Monzón como enemigos de su “reino”.
Nicolino no pensaba ni mencionaba a su rival, mucha veces no sabía contra quién peleaba. Monzón, en cambio, lo consideraba un sujeto de su obsesión: “Le voy a arrancar la cabeza…”.
Locche llegó al boxeo sano, sin enfermedades ni lesiones. Monzón, por el contrario, debió superar una niñez en la que padeció raquitismo y es por ello que hasta el final de su carrera, de cerca de más de cien peleas entre amateur y profesional, sus manos sufrían dolorosas inflamaciones en los metacarpianos, que lo obligaban a pelear infiltrado con anestésicos como la Xilocaina y la Novocaína. No es todo, también debió operarse de una fístula anal que soportó hasta después de haber ganado los títulos argentino y sudamericano frente a Jorge Fernández.
Para ambos, lo más costoso era sobrellevar el periodo previo a cada pelea, pero con una marcada diferencia. Monzón, al iniciarse los 45 días de preparación, frenaba todo: cigarrillos, alcohol, invitaciones a comer fuera del menú indicado y frecuencia sexual. Por el contrario, a Nicolino había que estarle encima pues su nivel de transgresión no tenía límites. Era un fumador empedernido – triplicaba en cigarrillos diarios a Carlos- , tomaba vino blanco con soda y afirmaba que el sexo lo ayudaba a sentirse mucho mejor sobre el ring. Imposible desmentirlo, pues la noche que enfrentó al ilustre ex campeón mundial Ismael Laguna lo tuvieron dos semanas concentrado en el Ciervo Blanco de San Martín. Pero el día del combate, y mientras los demás miembros de su equipo descansaban, hizo una dulce siesta en su habitación del hotel Ocean de la calle Maipú donde se alojaban “chicas bien de casas mal con esas otras chicas mal de casas bien…” (al autor le consta)
Monzón, en cambio, se abstenía y dejaba todo para después de la pelea, aún en pareja con Susana Giménez y ella alojada en el mismo hotel. Lo vimos en el Barbizon Plaza de Nueva York o en el Hermitage de Montecarlo (al autor también le consta)
Para ganarle el título mundial a Nino Benvenuti expuso virtudes poco frecuentes en los retadores, tales como reprimir la ansiedad, administrar las fuerzas y sostener la concentración para descubrir la oportunidad de pasar al contraataque con el menor riesgo posible. Monzón advirtió sobre el final del 9° round que la respiración del campeón mundial se aceleraba. Teniendo en la esquina a un maestro como Amílcar Brusa, resultaba más fácil la lectura de aquello que estaba ocurriendo. Si en la esquina coinciden el boxeador y su técnico, la estrategia logra un mejor desarrollo. La consigna era acelerar de a poco, acercarse a menos de dos metros para medir mejor cualquier hueco ofrecido a la derecha cruzada, no disminuir la acción dinámica y conservar a cualquier costo la angulación de las piernas. Con la rodilla izquierda apenas flexionada, debía desplazarse apoyado en la punta del pie y la suela derecha totalmente apoyada. De tal manera, si se diera la circunstancia buscada, el cross iría bien sustentado con menor recorrido y más fuerza. Recién en el 12° asalto se dio esa lógica.
Monzón cada vez más cerca, más entero físicamente, más intimidante, más seguro de sí mismo que su sorprendido adversario generó el nocaut con infinita paciencia y gran determinación. Tan pronto Benvenuti se refugió sobre las cuerdas para alejarse, Monzón lo acosó con la fiereza instintiva de un “depredador al ataque” y sobre la salida lateral izquierda de Nino chocó su derecha con los nudillos firmes y perpendiculares en plena mandíbula. El significante de ese nocaut fue mucho más importante que la consagración: nacía el mejor campeón del mundo que tuvo la Argentina en toda su historia y uno de los mejores cinco del mundo en competencia con Sugar Ray Robinson, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler y Tommy Hearns.
Sin embargo, el Luna Park era de Nicolino. Se advertía en la caravana que bajaba por Corrientes o emergía de la boca del subte B. Se notaba en las filas frente a las boleterías desde varios días antes. Había que mojar las tribunas populares con fuertes manguerazos para que nadie se sentase y así lograr que pudiera entrar más gente. Se sentía en los bares vecinos repletos de parroquianos expectantes y entusiasmados por ver al “genio” sobre el ring. La Policía cortaba la calle Bouchard entre Lavalle y Corrientes, pero Madero, Lavalle al norte, Tucumán, Viamonte, Leandro N. Alem se convertían en una enorme playa de estacionamiento que alcanzaba a Córdoba de ambas manos. Los “canillitas” vendían toda su carga de Crónica y La Razón, mientras desde las portátiles se confundían voces prodigiosas de relatores y comentaristas que hacían vibrar a la multitud desde temprano. Resultaba imposible a esa altura, una hora antes de la pelea, conseguir una mesa para ir a cenar después en los restaurantes adyacentes. Nada en Corrientes 11, El Recodo o Nápoli. Puerto Madero no existía, eran unos galpones tristes y desiertos. Y cuando ya estaban todos dentro, quedaba gente parada contra la pared de la Superpullman, la Especial desbordada, las populares reventadas de gritos sin espacio para que pudieran pasar los vendedores de Sorocabana Café o de Coca, los porteros diciendo “no” en cada puerta y un ring side de gala con bellas y elegantes mujeres. Entonces, aparecía Nicolino. Metido en una bata blanca con vivos celestes, la toalla bordéandole el cuello, brillantes los pómulos y la frente por la vaselina, el paso chaplinesco y los brazos abiertos reverenciando el saludo agradecido a los cuatro lados del vibrante estadio.
Sobre el ring todo el repertorio, contra quien fuere. Un show estético no exento de cierta sensualidad. Fue el “Intocable” por el prodigioso golpe de vista para esquivar verticalmente. Jugaba con su cintura para que los impactos rectos de sus adversarios pasaran a milímetros de las zonas vulnerables. Nicolino no huía ni se desplazaba exageradamente. A diferencia de otros tiempistas, aceptaba la pelea cercana al cuerpo o la descarga de sus adversarios a no más de cincuenta centímetros. Se ayudaba con las palancas de sus fuertes antebrazos cruzados para cerrar la llegada de ganchos a su abdomen y cuando iba a las cuerdas la gente deliraba, pues resultaba difícil que se le pudiera pegar. Sus más ilustres rivales- campeones o ex campeones mundiales- no podían creer que teniéndolo tan cerca sus golpes lanzados con oficio y precisión se perdieran en el vacío. Era un maestro también de la neutralización. Y cuando trababa miraba al ring side saludando a las personas que conocía con un guiño.
La única vez que Nicolino fue a pelear dramáticamente, seriamente, obtuvo la corona del mundo. El 12 de Diciembre de 1968, en Tokio, frente a Paul Fujii, a quien le pegó en diez rounds más que a la suma de todos sus rivales anteriores. Esa pelea disputada en el Kuramae Sumo constituye una de las joyas del boxeo de todos los tiempos. Se trata de una demostración académica del arte de pegar sin dejarse pegar.
Monzón quedó en la historia como el mejor campeón mundial argentino. Nicolino, como un genio de estilo único hasta alcanzar la estatura de ídolo.
Las virtudes de Monzón eran invisibles a la tribuna; las de Locche, en cambio, se valoraban desde cualquier distancia.
El público sabía que Monzón iba de ganar; también sabía que Nicolino los haría disfrutar.
Cuando la “asamblea” constituida en la esquina de Corrientes y Bouchard prolongaba las peleas en ruedas de discusión y “debate”, hasta las dos de la mañana, sabían que Monzón les había dado la satisfacción del “triunfo argentino” después de “una pelea chiva”. Locche, en cambio, había convertido “una pelea chiva” en una exhibición magistral y burbujeante.
Luego, unos y otros regresaban a casa con la sonrisa de un sábado inolvidable.
Los grandes nunca se van, siempre están volviendo…

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